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viernes, 15 de abril de 2011

Concurrencia entre lo público y privado. Ramón Leal


Escándalos y palabras acusadoras se entrecruzan. Llueven correos acusadores, como francotiradores apostados a ambos lados de nuestra existencia virtual.

Pero falta un análisis basado en la autocrítica. De joven, cada reunión oportuna comenzaba por ello: situación actual, crítica y autocrítica… y estrategia a seguir.

Hoy en día parece que lo cotidiano apenas nos interesa como elemento a valorar. Asumimos que pertenecemos a un ente superior que acoge todas nuestras perspectivas. En resumen, nos alineamos a cualquiera de las definiciones establecidas, y eludimos cualquier contraste, incluso los más evidentes, que nos facilitarían al menos una reflexión razonable.

Situación económica, indefinición de las libertades, predominio de los mercados, profundos cambios en la geopolítica (se tiene información, pero no se “asume” las consecuencias de los hechos)… Cualquier análisis contrastado de todos estos elementos, e incluso otros, sitúa en un ridículo absoluto a las posturas predominantes. Sin embargo, el proceso alternativo de optar por una u otra “alternativa plausible” define claramente la implicación real y “responsable” (culpable) de las actitudes ciudadanas. La verdad mediática viene sustituyendo al debate o contraste de propuestas. La alineación mediática implica de por sí una anulación del espíritu crítico.

Explíquenme, si no, ante debates públicos tan actuales cómo, aunque la realidad, hemerotecas incluidas, indiquen lo contrario, grandes personajes públicos siguen manteniendo posturas incrustadas en la mentira evidente, el engaño incuestionable… y todo ello con el convencimiento notorio de que ese camino les conducirá al éxito social.

Por un momento olvidemos lo público, y realicemos un pequeño análisis de aquel ámbito más cercano: centros de trabajo, amigos, ámbito vecinal… ¿Encontramos algo diferente? ¿Existe un espíritu crítico en nuestra vida cotidiana? Analicemos el modelo de persona paradigma del triunfo social. No hallaremos grandes diferencias a este modelo socioeconómico que nos han construido. Incluso en aquellos lugares donde se “presume” de ser palmariamente contrarios al sistema se reproduce la eficacia de éste en las más nimias de las facetas: culto al éxito individual, desprecio de aquello que carece de valor de mercado, distanciamiento del lenguaje como elemento creador, la asunción de los fenómenos de masas (fútbol…) como ocio y no como una fiel reproducción de los valores que nos inyectan…

Y continuaríamos, y nos asombraríamos de comprobar que el caudal enorme de información no es sinónimo del avance de una cultura informativa y formativa acorde a la compleja realidad actual. Tribus mediatizadas por informaciones sin contrastes.

Pero, en el fondo de la cuestión, a pesar de la dilatada cultura acumulada y presente al alcance de un golpe de ratón, apenas existe un modelo único de pensamiento y “presencia social”. Todo lo demás se presenta como pintorescas “culturas alternativas” que, a pesar de su bondad, nada favorece al avance social.


Ramón Leal