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sábado, 4 de marzo de 2017

Apuntes, La Maga y Horacio.


Aquella noche regresé al lugar preciso algo más tarde de la hora adecuada para el encuentro. Acababa de terminar aquel bullicio posterior al final de mis tareas profesionales. Aguardé unos instantes; demoré voluntariamente las últimas precisiones de orden en los materiales para que se verificara mi ausencia unos instantes, desde la aparición de mis habituales acompañantes hasta mi acto de presencia. Aproveché para ultimar la recomposición de mi rostro y vestido.

Antes de salir me detuve a repasar aquellas breves palabras en una servilleta de bar nocturno, recuerdo de una noche demorada hasta altas horas de la madrugada:



«Tus ojos que eluden mi mirada...
...me atraviesan los párpados
en un grito de ayuda indefinida...»

    No entendía la rotundidad del retrato. Unos breves cruces de palabras no permitían la seguridad para definir la fragilidad y dudas en mi deseo. Y hallaba siempre su mirada en el momento categórico que, bajo el peso de una charla imprecisa, buscaba su gesto ausente de Bécquer afligido, y repasaba su figura de niño que obligaron a vivir en un cuerpo que crece sin sentido.



«...Rozaré tu boca con el beso
de mis dedos hasta hallar
el túnel que resbala y me lleva
al instante dulce del olvido...»

    Su lectura me llenó de dudas una semana, y nada me intimidaba más, y a la vez me complacía, que considerarme objeto de los versos. Porque encontré, desatendido, aquel papel sobre la barra, y sé que habían estado conversando y de pronto el papel y escribe, y bastó un solo desvío de su mirada para asegurarme que aquel texto iría a mí destinado. Continuamente la duda, el rencor al tiempo de la huida. Y de nuevo la incertidumbre. Y cada pregunta era un avance en la seguridad de mi deseo. No tenía la certeza de mi papel asignado. Pero iba adquiriendo la definición de un paisaje que me iba dibujando en la distancia.


    Y descubrí que no estaba; en una esquina de la barra percibí la oquedad que le correspondía, justo entre su grupo habitual de tertulianos, donde su ausencia era el perfil de un líquido continente.


    Y entonces la rutina, el líquido que llena y no empuja las palabras, la rotundidad de las horas que caen como moscas muertas en el mural de la noche. Mientras se comentaban pedanterías solapadas en el ruido indefinido del local, sentí la vergüenza atrasada en manifestar mi pasión por Bécquer. E intenté, mientras asentía ante sordas preguntas, detallar lo que días antes manifesté como una vergonzosa cita fuera del tiempo. Bécquer que muda la levita por los mordiscos de luz y humo de «Arbour Zena», transmigrando el cello desde las yemas de los dedos a la penumbra del balcón de mi cuerpo, y entonces aparecen todos los versos, se derrama en mi piel Dvorak adagiando las palabras del capitán, desde la risa, como un insecto. Bécquer redimido en luz, indultado en la rayuela, como una versión celeste que preludia la destrucción o el amor, Altazor a la sombra del paraíso.


La Maga
    
  


    Fauré me sumergía, próximo al naufragio. La mortecina luz me recordaba la urgencia de los ritos: la noche previa a los descansos recientemente venía acompañada de una cotidiana carrera buscando la palabra, y habitualmente encontraba un reconocido silencio, o la tragedia de la mudez del alboroto. Janos rasgaba el cello: un sonido próximo a la sangre en una tarde cuyo cielo evocaba matices de danza contenida. Popper perfilaba la tarde, añadiéndole la substancia de la danza. Debussy me regresaba a una infusión de sombras.

   Hasta el hastío de una pasión sin alianzas: mueres con lentitud ante la indiferencia tan próxima. Cuarenta años resumidos en un verso. Sólo existe un poema que anhelamos escribir fijamente, y lo olvidamos en nuestras miradas, en las esperas... «Si, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer...». Todo mentira, todo sigilo: decimos más en lo que callamos, persigo desde hace tiempo condensar ese instante mágico en el que manifestamos nuestro silencio, cuando logramos olvidar la longitud del tiempo, y entonces el capítulo 7 de Rayuela se manifiesta como la única realidad de un instante. Pero el soplo: la dificultad de decidir rápidamente que estás vivo. La fortaleza empleada para la carrera de fondo tropieza con nuestro olvido de los ojos, y eludimos la mirada, y nuestra ocultación es un bucle de suicidio, la reflexión de la luz se apiada de esta ausencia de espejos. «Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano... entonces jugamos al cíclope... y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua».

    He hallado la frecuencia de la hidra, el cíclope se esconde, se prudencia en la solidez de la estancia: el cobijo de la penumbra elude la congregación de luminarias. Reunir todos mis ojos es tarea que me impulsa a un suicidio de horizonte.

    Y quisiera hallar la liturgia: una palabra que me viole, un gesto que me maldiga, una visión que me sintetice en la noche hasta un alba con postración a los sentidos. Junto a la humedad del mar rozaré tu mano tibia, el temblor como proemio del susurro, y tú acaricias mis ojos con una dulzura de palabra y gesto. Será innecesaria la presencia de las manos porque los dedos son el único verbo conjugado, la mirada la única frase definida. de música en el silencio, un adagio que sujeta la evocación de la sonata.

   Pero no existe maravilla fuera del dominio de lo soñado. Presiento mi efigie de náufrago, y eludo arrojarme esta noche al túnel porque evitar una lágrima sería un gesto oculto de ínsula despeñada. Me froto el cuello con lavanda, necesaria para una noche de espejos sólidos. Me acaricio con suavidad, lentamente, en el saxo líquido de un pasaje detenido. Compruebo que la oscuridad venció al malva, y me sitúo ante el teclado dispuesto a inventarte, deseoso de nacer en las palabras que te nombran, de sucumbir en el aire que me traes.




Horacio Oliveira