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sábado, 25 de marzo de 2017

Caminando hacia mi espera



Nos franquea la ternura, sigilosa,
aristas de palabras sin respuesta.

Al aire nacemos si se enraman
las miradas que acarician.

Nos enclavan terciopelo
de luz si acuchillan
las defensas de los ojos.

Solicito el vocablo
que remate tu delicia:
la piel no es benigna
si la manos no cortejan
las torres de tus senos,
no rasgan las campanas
de saliva susurrada,
creación de espumas
de un aliento peregrino
en mis dedos que averiguan,
te susurran río
de trigos sosegados
en la brisa calma
y el aroma azul
de mi gesto que te iguala. 



Atisbo de gacela insolente,
ojos de noche, sombra
de higuera deliciosa.


Arrójame tus manos y cautiva
el mutismo que te acongoja;
o dormita en mis brazos,
reducida la ofensiva
de labios, dedos como alfanjes
de luz amenazante. 


Acomoda el pacto de mis ramas,
nube y luna acrisolada,
besa el mástil que me tiembla,
dinamita el recelo de mi cuerpo,
dilema de silencios,
donde duermes y silencias:
te alejas como huella, apareces
como grama, primavera
con el fruto que tirita,
prefacio donde sueñas,
habitas, sobrevuelas
hacia un desvelo intruso
y arcaico como ingrato. 


Púlsame la luz y ahoga
el enojo de mi lento otoño,
retírame las dudas de la piel,
estalla lámpara de agua:
grato como un arroyo,
bravo como un águila:
húmeda zarpa de seda.

Atraviesa mi epidermis,
néctar de ternuras abisales,
pasadizo hacia la tregua.
Sorbí aquel limón lloroso
que cortejó de claridad la senda.

Y el sol esquía por mis ojos,
estalla como un cráter
de aurora en primavera.
Dudo el aire de tus pasos
caminando hacia mi espera.

Ramón Leal