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miércoles, 28 de diciembre de 2016

En tu lugar y el mío. Ramón Leal







      Aquella noche estaba decretada como mágica y, desde todos los conjuros, me desprendí de los ropajes amanerados para penetrar, limpiamente, en aquella amplia tertulia de noctámbulos arrojados a una música no frecuentada.

   Desprevenida me arribaste, como por azar me dispusiste a entregarte ese fragmento de noche que sólo es propicio a confidencias. Después comprendí la medición de los pasos, el secuencial origen del encuentro: la causalidad de tus azares.


    Y entonces llegamos a la orilla; oigo tu silencio persiguiendo palabras para expresarse, pero todo atrevimiento de verbos es una afrenta que tizna la presencia del mar. Siento el temblor que precede al ensueño, y el miedo terrible a la alquimia: noche – ola – luna. La luna estaba plena, tan cercana como nunca recordaba, tan cercana que parecía suspendida detrás de tu silueta en penumbra.

    Porque elegiste sentarte entre la luna y yo. Digo elegiste porque me resulta difícil imaginarte ya sometiendo tus escenas al riesgo de lo posible; porque ahora, después de las destrucciones silenciosas que hube de fingir, admito tu ejecución asimétrica de la noche, guión truncado por el norte: y entonces mis ojos se prendieron.



    Hablabas de un poema, de este eterno poema que se dilata antes de escribir y descubrir de nuevo que bien pero tampoco, imposible expresión del duermevela. En tus ojos que huían encontraba tu deseo de pez en el agua, una indolencia suicida que mostraba desnudeces con liviandad de náufrago, una franqueza infantil sin armonía en las grietas de tu rostro. El miedo inicial que me impulsó a tu encuentro se fue tornando en una brisa suave, una ingravidez que ocasionaba olvidos.

    Miedo porque me habías vertido sobre ti como un azote de luz. Luego descubrí que eran sombras tus olas y que te ocultas en penumbras por tu enferma turbación, que manifiestas en una torpe locuacidad de pájaro carpintero. 




   Y entonces logré sentirme sola, en una soledad llena de pájaros y de aromas. Tus palabras continuaban susurrando al abrazo del sonido tenue con que nos atizaban las crestas de las olas al sucumbir sobre nuestros pies. Sentí una liviandad interior que facilitaba mi alejamiento del espacio en el que habitábamos. La música, que minutos antes nos rodeaba, desapareció; y tus palabras iban deshaciéndose en tu boca como un arrullo que me alcanzaba debajo ya de mis pies. Me sentía cielo, rozaba la vaporosidad de algunas nubes que en aquellos momentos noté cercanas. La música eran ya tus palabras: sin poder descifrar su contenido tu adagio me alejaba del rebalaje y percibí la indolencia de mi cuerpo al contacto inestable de la noche.

  Comprendí entonces la fascinación hacia la noche. Suavemente, me reconocí en aquella metáfora tantas veces leída: en un instante pleno de fugacidad alcancé identificarme con el objeto siempre deseado. Tú, abajo, conversabas con ese apéndice ingrato que entonces me adhería. Mientras, observaba cómo me eludías la mirada, desviándote hacía mí. Sin saber que ahora era a mí a quien mirabas, alzabas tus ojos apoyándote en la contemplación del astro donde me refugié para ser capaz de acercarte. Y en el silencio se acercaba un frío tierno. 
   

   Abajo, te despedías de mí con una turbación impropia. Te amparaste rápidamente en el refugio del espacio y el tiempo. Allí permanecí desde entonces, reconociendo a veces cómo pasean sus silencios aquellos que, como tú, suelen lanzar metáforas sin esperar el agradecimiento de la lluvia. 




Ramón Leal