Poemas, Fotografía, Pintura, Música, Sugerencias de lectura

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martes

El abismo de lo cercano tan distante


El llegó, como siempre, con un peso extraño sobre la espalda. Llegó, apenas causó notoriedad su estampa, y se sentó silencioso, ausente, dispersando nuestra presencia que ignoraba ese río que desbordaba un caudal apenas contenido. Vestía ropa jubilosa, en él nada habitual, siempre gris, azul y qué paso más cansino como atravesando siempre el mismo túnel, y allá donde solana qué bochorno… ¿Y el silencio?

Sacó su e-book, con la avidez de continuar un texto aplazado, y desapareció en medio de nuestro murmullo.

Sintetizábamos algo ya dispuesto: la burocracia expone con constancia su ridícula paradoja. Quemamos parte de nuestra vida justificando legalmente lo ya pactado previamente. El, que siempre interrumpía con dudas cualquier evidencia, ahora callaba. Apartaba apenas su lectura para avistar, con interés ajeno a mi estudio, un paisaje que yo no revelaba. Sin duda, soslayaba el atisbo de mis ojos. Pero qué ternura comprobar las persianas de sus ojos ejercitar una suerte de gimnasia hacia el suelo, como preparándose a realizar un ágil ejercicio de memoria. Allá, justo al medio de mi horizonte, y tan lejos ya, como mostrando su sosegada disipación de nuestra presencia. Y ahora observo que escribo él y nuestra, su y nuestro… Si, evidentemente existe ya un abismo que separa su tristeza. Y me pregunto cuánto hice para trazar el surco, qué poquita voz tuve para delinear el puente que necesitaba hacia nosotros. Pero su abismo aparece insondable, y qué lindas las mañanas hablando fruslerías, las cenas amigables… Pero él no. El destruye cada uno de los levadizos, como si el vértigo de la caída fuese alimento afín a sus palabras, a sus extraños versos destrozando paisajes hasta adherir las palabras a un espacio ambiguo de ternura y destrucción.



“… ¿Cómo frente a cosas tan terribles, hablo de seducción y me complazco en magias “externas” (según algunos)? Precisamente, porque son terribles, y porque el lenguaje se les resiste y las traiciona, e incluso las anula, por eso, justamente, me impresionó doblemente tu libro. Precisamente, porque cada verso y cada palabra han sido llevados (padecidos) hasta su máxima tensión, y con toda la carga de sus sentidos plurales, estos poemas son un lugar –o un espacio- de reunión…”1




1( A Amelia Biagioni, Buenos Aires, 18/XI/67, Alejandra Pizarnik )



El silencio tan rotundo nada lo evitó, ni siquiera un cómo estás habitual en estos casos. Me senté, sin apenas darme cuenta, justo en medio, donde se cruzaban las miradas de aquella reunión, inútil, por repetir lo ya acordado previamente, y qué hermosas son las veladas afines, silenciosas y nada combativas. Como asumí hace tiempo que hay un lugar de cruce y reposo, donde es fácil hallar el acomodo para todos los que rehúsen las dudas solitarias, me dispuse a mostrar que nada tenía en común con aquella reiteración de testimonios. Pero, dolía apenas. Soy, en exceso, consciente de las paradojas que generan mis periódicas dolencias y derrumbes. Sin embargo, a pesar de estar absorto girando alrededor del texto de Alejandra, apareció una breve mueca interior. Alguien, que apenas si conoce mi barroca epistemología de la existencia, sí se había interesado brevemente. El, también, ha cruzado un túnel tenebroso: y no halló mano que le sujetara los deseos de sollozar. Curiosa paradoja cruzándose en el texto releído. A mi alrededor, todo alcanzaba la paz de un mar en calma y sin deriva. Hubiera sonreído si mi cuerpo pudiese desatarse de sus nudos. Ganas de contaros la verdad, la entera exactitud de mi presencia, y de mi última retirada de aquel patio. Cuánto había gemido en cada paso para soportar presencia cercana, que escalofrío de distancia me alejaba y me acercaba.

Concebí ganas de decirte, pero allí no estaba todo aquel que anhelaba arrojarle mis palabras, para salir de este pozo oscurecido. Dudé por un momento, y recordé que cierto día pedí perdón por mis vaivenes (casi total, por mi existencia). Si absurda fue mi inesperada nota, qué elocuente su silencio acentuado. Si...pero como entenderían que para algunos cuesta más un instante definido que un prolongada existencia tranqulizadora. Ellos desconcen que el pretil estaba frío, como hielo que resbala al vacío. Cómo explicar lo inevitable, de aquel fader off desde un sonrisa al hielo oscuro de la muerte repentina. Y qué azul agredido por un salto. Inconcebible, apetecible la curiosidad del dolor agrietado y sin ventanas. Debí saltar y contemplar el llanto sostenido, ese relevo de lágrimas que acompasa los entierros. Y sin embargo, aqui estoy, con indiferencia de lasitud oblicua. Ella lloraría sin forzar el volumen de la pena, él mezclaría la duda y la sorpresa. Y quien diría que esto pasaría, este año parecía tan distinto. Como si entendieran la distancia entre el sueño y el duermevela. Ese matiz separa la alegría de los alegres, la palabra de una fotocopia del gesto del poeta.

Y qué lindo sería contemplar mi cuerpo ya inerte, callado para siempre.

Os pido perdón por haber evitado, en un instante de ternura hacia la vida, ese pretil de gelatinas, que resbaló hacia mi, deseando un descanso de vosotros y vuestro absurdo silencio controlado. Amando sin ternura ese erial donde florecen cactus felonados.

Intento yo el silencio. Pero la palabra es aquello que convive en los tiempos venideros, donde en los paisajes se camuflan alimañas. Su alimento es tan sencillo como el miedo, el pavor a su presencia amable: alimañas travestidas en aquello que desee el mercado. Dulce paz en la ignorancia.

domingo

En tu lugar y el mío. Ramón Leal







      Aquella noche estaba decretada como mágica y, desde todos los conjuros, me desprendí de los ropajes amanerados para penetrar, limpiamente, en aquella amplia tertulia de noctámbulos arrojados a una música no frecuentada.

   Desprevenida me arribaste, como por azar me dispusiste a entregarte ese fragmento de noche que sólo es propicio a confidencias. Después comprendí la medición de los pasos, el secuencial origen del encuentro: la causalidad de tus azares.


    Y entonces llegamos a la orilla; oigo tu silencio persiguiendo palabras para expresarse, pero todo atrevimiento de verbos es una afrenta que tizna la presencia del mar. Siento el temblor que precede al ensueño, y el miedo terrible a la alquimia: noche – ola – luna. La luna estaba plena, tan cercana como nunca recordaba, tan cercana que parecía suspendida detrás de tu silueta en penumbra.

    Porque elegiste sentarte entre la luna y yo. Digo elegiste porque me resulta difícil imaginarte ya sometiendo tus escenas al riesgo de lo posible; porque ahora, después de las destrucciones silenciosas que hube de fingir, admito tu ejecución asimétrica de la noche, guión truncado por el norte: y entonces mis ojos se prendieron.



    Hablabas de un poema, de este eterno poema que se dilata antes de escribir y descubrir de nuevo que bien pero tampoco, imposible expresión del duermevela. En tus ojos que huían encontraba tu deseo de pez en el agua, una indolencia suicida que mostraba desnudeces con liviandad de náufrago, una franqueza infantil sin armonía en las grietas de tu rostro. El miedo inicial que me impulsó a tu encuentro se fue tornando en una brisa suave, una ingravidez que ocasionaba olvidos.

    Miedo porque me habías vertido sobre ti como un azote de luz. Luego descubrí que eran sombras tus olas y que te ocultas en penumbras por tu enferma turbación, que manifiestas en una torpe locuacidad de pájaro carpintero. 




   Y entonces logré sentirme sola, en una soledad llena de pájaros y de aromas. Tus palabras continuaban susurrando al abrazo del sonido tenue con que nos atizaban las crestas de las olas al sucumbir sobre nuestros pies. Sentí una liviandad interior que facilitaba mi alejamiento del espacio en el que habitábamos. La música, que minutos antes nos rodeaba, desapareció; y tus palabras iban deshaciéndose en tu boca como un arrullo que me alcanzaba debajo ya de mis pies. Me sentía cielo, rozaba la vaporosidad de algunas nubes que en aquellos momentos noté cercanas. La música eran ya tus palabras: sin poder descifrar su contenido tu adagio me alejaba del rebalaje y percibí la indolencia de mi cuerpo al contacto inestable de la noche.

  Comprendí entonces la fascinación hacia la noche. Suavemente, me reconocí en aquella metáfora tantas veces leída: en un instante pleno de fugacidad alcancé identificarme con el objeto siempre deseado. Tú, abajo, conversabas con ese apéndice ingrato que entonces me adhería. Mientras, observaba cómo me eludías la mirada, desviándote hacía mí. Sin saber que ahora era a mí a quien mirabas, alzabas tus ojos apoyándote en la contemplación del astro donde me refugié para ser capaz de acercarte. Y en el silencio se acercaba un frío tierno. 
   

   Abajo, te despedías de mí con una turbación impropia. Te amparaste rápidamente en el refugio del espacio y el tiempo. Allí permanecí desde entonces, reconociendo a veces cómo pasean sus silencios aquellos que, como tú, suelen lanzar metáforas sin esperar el agradecimiento de la lluvia. 




Ramón Leal





miércoles

Apuntes, La Maga y Horacio.


Aquella noche regresé al lugar preciso algo más tarde de la hora adecuada para el encuentro. Acababa de terminar aquel bullicio posterior al final de mis tareas profesionales. Aguardé unos instantes; demoré voluntariamente las últimas precisiones de orden en los materiales para que se verificara mi ausencia unos instantes, desde la aparición de mis habituales acompañantes hasta mi acto de presencia. Aproveché para ultimar la recomposición de mi rostro y vestido.

Antes de salir me detuve a repasar aquellas breves palabras en una servilleta de bar nocturno, recuerdo de una noche demorada hasta altas horas de la madrugada:



«Tus ojos que eluden mi mirada...
...me atraviesan los párpados
en un grito de ayuda indefinida...»

    No entendía la rotundidad del retrato. Unos breves cruces de palabras no permitían la seguridad para definir la fragilidad y dudas en mi deseo. Y hallaba siempre su mirada en el momento categórico que, bajo el peso de una charla imprecisa, buscaba su gesto ausente de Bécquer afligido, y repasaba su figura de niño que obligaron a vivir en un cuerpo que crece sin sentido.



«...Rozaré tu boca con el beso
de mis dedos hasta hallar
el túnel que resbala y me lleva
al instante dulce del olvido...»

    Su lectura me llenó de dudas una semana, y nada me intimidaba más, y a la vez me complacía, que considerarme objeto de los versos. Porque encontré, desatendido, aquel papel sobre la barra, y sé que habían estado conversando y de pronto el papel y escribe, y bastó un solo desvío de su mirada para asegurarme que aquel texto iría a mí destinado. Continuamente la duda, el rencor al tiempo de la huida. Y de nuevo la incertidumbre. Y cada pregunta era un avance en la seguridad de mi deseo. No tenía la certeza de mi papel asignado. Pero iba adquiriendo la definición de un paisaje que me iba dibujando en la distancia.


    Y descubrí que no estaba; en una esquina de la barra percibí la oquedad que le correspondía, justo entre su grupo habitual de tertulianos, donde su ausencia era el perfil de un líquido continente.


    Y entonces la rutina, el líquido que llena y no empuja las palabras, la rotundidad de las horas que caen como moscas muertas en el mural de la noche. Mientras se comentaban pedanterías solapadas en el ruido indefinido del local, sentí la vergüenza atrasada en manifestar mi pasión por Bécquer. E intenté, mientras asentía ante sordas preguntas, detallar lo que días antes manifesté como una vergonzosa cita fuera del tiempo. Bécquer que muda la levita por los mordiscos de luz y humo de «Arbour Zena», transmigrando el cello desde las yemas de los dedos a la penumbra del balcón de mi cuerpo, y entonces aparecen todos los versos, se derrama en mi piel Dvorak adagiando las palabras del capitán, desde la risa, como un insecto. Bécquer redimido en luz, indultado en la rayuela, como una versión celeste que preludia la destrucción o el amor, Altazor a la sombra del paraíso.


La Maga
    
  


    Fauré me sumergía, próximo al naufragio. La mortecina luz me recordaba la urgencia de los ritos: la noche previa a los descansos recientemente venía acompañada de una cotidiana carrera buscando la palabra, y habitualmente encontraba un reconocido silencio, o la tragedia de la mudez del alboroto. Janos rasgaba el cello: un sonido próximo a la sangre en una tarde cuyo cielo evocaba matices de danza contenida. Popper perfilaba la tarde, añadiéndole la substancia de la danza. Debussy me regresaba a una infusión de sombras.

   Hasta el hastío de una pasión sin alianzas: mueres con lentitud ante la indiferencia tan próxima. Cuarenta años resumidos en un verso. Sólo existe un poema que anhelamos escribir fijamente, y lo olvidamos en nuestras miradas, en las esperas... «Si, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer...». Todo mentira, todo sigilo: decimos más en lo que callamos, persigo desde hace tiempo condensar ese instante mágico en el que manifestamos nuestro silencio, cuando logramos olvidar la longitud del tiempo, y entonces el capítulo 7 de Rayuela se manifiesta como la única realidad de un instante. Pero el soplo: la dificultad de decidir rápidamente que estás vivo. La fortaleza empleada para la carrera de fondo tropieza con nuestro olvido de los ojos, y eludimos la mirada, y nuestra ocultación es un bucle de suicidio, la reflexión de la luz se apiada de esta ausencia de espejos. «Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano... entonces jugamos al cíclope... y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua».

    He hallado la frecuencia de la hidra, el cíclope se esconde, se prudencia en la solidez de la estancia: el cobijo de la penumbra elude la congregación de luminarias. Reunir todos mis ojos es tarea que me impulsa a un suicidio de horizonte.

    Y quisiera hallar la liturgia: una palabra que me viole, un gesto que me maldiga, una visión que me sintetice en la noche hasta un alba con postración a los sentidos. Junto a la humedad del mar rozaré tu mano tibia, el temblor como proemio del susurro, y tú acaricias mis ojos con una dulzura de palabra y gesto. Será innecesaria la presencia de las manos porque los dedos son el único verbo conjugado, la mirada la única frase definida. de música en el silencio, un adagio que sujeta la evocación de la sonata.

   Pero no existe maravilla fuera del dominio de lo soñado. Presiento mi efigie de náufrago, y eludo arrojarme esta noche al túnel porque evitar una lágrima sería un gesto oculto de ínsula despeñada. Me froto el cuello con lavanda, necesaria para una noche de espejos sólidos. Me acaricio con suavidad, lentamente, en el saxo líquido de un pasaje detenido. Compruebo que la oscuridad venció al malva, y me sitúo ante el teclado dispuesto a inventarte, deseoso de nacer en las palabras que te nombran, de sucumbir en el aire que me traes.




Horacio Oliveira


viernes

Pequeño epitafio diario: relato intolerante


a Horacio Oliveira, que creyó estar vivo

   Horacio se despertó, una marea de sueños alteraba su sangre con fluido sonoro. Comenzó a desnudarse del ropaje barroco de la noche veladora. Por un instante, recientes ecos pellizcaban de dulce aliento su hábito ineludible: persiguió con los dedos un vestigio noche‑siena que le resbalaba desde el vestido de aquella noche anterior.


    Él, a diferencia de tantas otras personas azules, mantenía su negativa a distinguir el café de la mañana del último sueño recordado. Sintió lentamente el trozo de galleta húmeda en su boca, calada de vestigios oceánicos. Aquel sabor era el recuerdo de los esteros al amanecer, apenas apuntados en un boceto del sol. Necesitó una luz entre las penumbras y apretó el mando a distancia. No, ahora Jan Garbarek mostraba un sonido fuera de su cueva: la resonancia de sus agudos se tornaba alfileres ávidos de noche. En gesto repentino cambió al registro de la mañana: G.F. Haendel y su Cantata Lucrezia tendieron el puente necesario a la claridad que asomaba en la ventana. Y entonces la vio. “O Numi Eterni!”. Entre las rendijas, como barrotes que se abren, fueron apareciendo cada una de las notas de luz que sonaban desde atrás, a su espalda: “Già superbo del mio affanno”. Una lentitud necesaria, para que la travesía fuera una caricia deshaciéndose de la brusca presencia del silencio inmóvil. Janet Baker no descansaba en su hábil tarea de abrirse camino entre las sombras.

    Y, en un breve segundo, el túnel mágico se interrumpió. Su inconsciente no estaba dispuesto a permitir una nueva mañana-oasis. Introdujo una breve secuencia en su pensamiento, suficiente para que la música se ausentara como un eco marchito. Regresó, por tanto, la tangible presencia de la prematura amnesia. Era sábado y, aunque fuese miércoles, el verano sometía al tiempo a una dilatación de venas bifurcadas.

    Sonaba el teléfono pero Horacio sabía perfectamente que no lo cogería. Estaba solo en el sentido físico, y desde hacía unos días metafísicamente solo. Sonaba el teléfono y tenía la certeza que algún requerimiento personal le querría asignar una presencia nada fortuita pero brutalmente momentánea.Su negativa persistía, convencido de que era el antídoto más eficaz contra la creciente merma de su piel. El único médico que se había atrevido a consultar, como última licencia a su cuerpo, le había reprobado su visita. Sus gestos acabaron, evidentes, en la comprensión teatral… y dilapidó palabras que atestiguaban su deseo solapado de finalizar aquella consulta ingrata.

    Su piel había conformado un progresivo crecimiento a lo largo de los últimos años: consecuencia sin duda de que proliferaron llamadas en que se pretendía su presencia indivisa, sin diplomacias que restaran pulcritud a su asistencia. Sus manos crecieron persiguiendo una piel que le arrastraba con ánimo de eterno maridaje. Recobraron sus dedos su talento para sus célebres intersticios de amor en cursiva…

Munch - The Vampire

… Recorro la cordillera de durazno resbaladizo, indago la concavidad de tus armas, cual hilo de Ariadna hacia la humedad que me acercas. Aquí no estás, pero mis dedos obligan tu presencia, dibujo tu contorno de lágrimas, presiento que tu silencio es un mar en calma antes que te navegue en la proa de mi piel. Los ojos no te ven pero te tocan, no te distinguen, te perfilan como fruta abierta en un árbol silencioso; mis oídos sólo oyen el adagio perpetuo que atraviesa las penumbras‑ Garbarek nos circunda, como una gaviota señala el puerto a mi barca a la deriva ‑. Me miras, tus manos me miran, y despertamos en la piel la curiosidad del arroyo, pequeño río de afluentes sólidos… río malva de crisoles de lluvias… un solo río cuerpo, un solo río rama… un solo río temblor de alas que en el silencio desemboca…

   Aquella pradera poco se demoró hasta abjurar en espejismo. La poesía no encontraba adjetivos, decía buscar la rotundidad de los sustantivos, la concreción del verbo.
 
    Horacio sólo distinguía la insistencia en los pronombres personales.
   Su piel… fue entonces cuando arrojó su deseo, dispuesta a menguar. Cada conversación le ocasionaba una breve quemazón, aunque siempre había alguien con quien lograba alcanzar una sacudida retráctil.

   La medicina ya no atendía con fundamentos, de etiología razonable, sus evidentes síntomas de epidermis reducida. Recurrió, como viene siendo habitual en su entorno documentado, a un razonamiento etílico intachable: su organismo se descomponía quedamente. Cada madrugada comprobaba ante el azogue, impasible, que su imagen entablaba un progresivo reajuste de líneas agrietadas a lo largo de un cada vez más emboscado continente.

    Y así hubo de enfrentarse de nuevo a la expectativa indefinida de afrontar otro período de trabajo. Porque, sin duda, el tiempo azotaba su cuerpo con las premoniciones de próximas sacudidas.

   Y la indiferencia surcó el tiempo cotidiano con inexpresivos instantes que debieran ser censurados. La vulgaridad de los cuerpos, ajados a fuerza de no codiciarse, mostraba su incompetencia para amar. Una solución acuosa filtraba las miradas de desdén. Las palabras atacaban hacia espejos de Wells: como una dama de Shanghai jugaba a sobrevivir diariamente después de ataques, que más que herir con esquirlas de luz, desnudaban su impertinencia deslucida. Sin duda, sería necesaria la asistencia a un simposio sobre “La Metamorfosis”, hasta exorcizar la figura de insecto en el espejo matutino. Pero aquellas personas que rodeaban a Horacio no lograban aún vislumbrarse en el cristal.

    La travesía le llevó al ocio y al cultivo del aprecio. De nuevo los espejos. Pero ahora Alicia perseguía a una reina de corazones prendida de solapas recurrentes. Una adolescencia felizmente prolongada, en espera del socavón oportuno que determine la velocidad de la sangre. “¡Está viejo, Horacio! Vives como encerrado en un frasco de tiempo que proteges de sí mismo”. El bamboleo de encuentros y desencuentros, de sarcasmos y confesiones exclusivas; toda la bagatela reconstruida en torno a la levedad de los espacios compartidos producía en Horacio un hastío que se destilaba por el lado de sus gestos más venenosos. Ironía que nadie llegaba a comprender, que era despedida brusca del dolor atenazado: unas ansias devueltas al teatro de las dudas.

    Casi siempre la palabra amable le sobrecogía con estridencia de eco rogativo.
    Su piel seguía afligiendo su cuerpo en un dictado de la distancia que le alejaba de unos espacios cada vez más disgregados. Cuando Horacio notó el avance hacia el cuello de aquella detracción grisácea, supo definitivamente la proximidad de su abandono a la arbitrariedad de los hechos.

    Esa tarde salió, desnudo ya, abrió su cuerpo al sol, presentó cobarde sus contornos en la calle, en los círculos de amigos, en su centro de trabajo: algunos notificaron el peligro próximo, le aislaron en estancias apropiadas a su desnudez infantil, dedicándose a las habilidades comunes en los cuerpos desnudos: tiritaba con la luna que no presenciaba, desenredaba hilos que nunca volvería a componer, rozaba la tibieza de la madera con anhelo de travesía, dialogaba y sondeaba con franqueza descalza evacuaciones del túnel, su mente de cristal rehacía la música que recordaba vagamente de la noche, o quizás de la mañana…

    Su repliegue se prolongó hasta el exacto instante en que una presencia cercana, mientras amontonaba piolines multicolores en el rincón de un recuerdo, seducida por la sorpresa de oasis, en una fascinación de arco iris, se acercó con miedo y ojos avarientos, y se adentró en una esquina de aquel juego misterioso. Horacio escuchó, habló como siempre que permanecía desnudo, recopiló el equipaje para sus ensueños y creyó, como eterno, que para poder nutrirse debía esperar a estar convenientemente vestido en la noche.



   En el regreso a casa permanecía urgiendo aquel hermoso caleidoscopio concedido. Llegó, orilló las rutinas cotidianas previas al momento. Por fin, abordó un ávido acopio del ropaje coloidal que le rodeaba. No omitió ninguno de los últimos enseres, como acólitos en un viático hacia el deseo, en aquel día donde el pasmo le facilitó un nuevo atuendo delirante. Una vez en el lecho, eludió la imagen de soledad de los espejos, juzgó la frialdad perezosa de las sábanas, penetró codicioso en su interior, e inició vorazmente el acto de vestirse.


Ramón Leal