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jueves, 13 de octubre de 2011

Carta desesperada por el fin de una etapa en la historia




  Ya sé que la historia sangra, ha sangrado con veneros de tristeza y desesperación. No podríamos expresar que la realidad haya sido satisfactoria, que nos podamos sentir orgullosos de cada herencia recibida.
  Pero… algo tirita de frío cuando miro el mapa y contemplo  la terrible abdicación que mi generación ha ejercitado, con mas medios que nunca, sobre un futuro sin aliento.
Obvio que cualquier generalización es idiota e ingenua: sabemos que son algunos los culpables de los retrocesos infringidos. 

  Conocemos, tenemos medios, el origen de todos los males, adivinamos los remedios aproximados que sanen esta intoxicación de sangre coagulada. 
  Y sin embargo… El virus habita en nuestros deseos, la enfermedad paraliza las voluntades que pudieran modificar estos hábitos insanos que aportamos para perpetuar esta epidemia.
  Y nos consolamos adquiriendo esa confianza de que durará 6 años más, que vendrán otros y arreglarán la barbarie. Como si tuviéramos unas goteras que una chapuzas bien hechas  nos regresaran a la normalidad. A pesar de comprobar que la realidad nos demuestra que no es así, que algo más grave palpita en el planeta.
  Pero lo que más me aturde es cómo asumimos las desapariciones como algo cotidiano y sin importancia. 
  Cada vez viajamos más en busca de la belleza. Cierto. Pero no nos entristece evidenciar que destruimos lo que nos rodea, desolando los paisajes y privándonos de aquello que en otros momento saboreábamos con naturalidad: difícil despertar al arrullo de los pájaros,  vadear los ríos y saciar la sed con las manos abiertas, distinguir las variedades silvestres, sus aromas y rubores, mirar el océano sin la silueta y aristas de edificios ajados de abandono…
  Saboreamos un mundo virtual, que nos encandila… pero estamos educando los sentidos para no necesitarlos. Estamos amputando nuestros cuerpos de sabores y fragancias, creyentes que la inocencia nos transporta. Y el crimen apenas tendrá culpables. 
  Y la pobreza… tan lejana, tan televisiva que formaba escenario habitual de nuestra clemencia. ¿Qué ocurrirá cuando se acerque?  Lenta, pero viene… Desgraciadamente, el mundo no hizo caso a Benedetti. Y tenemos los modelos a los que nos acercamos… pero la inercia nos empuja al mar de la indolencia.

Ramón Leal