
Ya sé que la historia sangra, ha sangrado con veneros de
tristeza y desesperación. No podríamos expresar que la realidad haya sido
satisfactoria, que nos podamos sentir orgullosos de cada herencia recibida.
Pero… algo tirita de frío cuando miro el mapa y
contemplo la terrible abdicación que mi
generación ha ejercitado, con mas medios que nunca, sobre un futuro sin
aliento.
Obvio que cualquier generalización es idiota e ingenua:
sabemos que son algunos los culpables de los retrocesos infringidos.
Conocemos, tenemos medios, el origen de todos los males, adivinamos los remedios aproximados que sanen esta intoxicación de sangre coagulada.
Y sin embargo… El virus habita en nuestros deseos, la enfermedad paraliza las voluntades que pudieran modificar estos hábitos insanos que aportamos para perpetuar esta epidemia.
Conocemos, tenemos medios, el origen de todos los males, adivinamos los remedios aproximados que sanen esta intoxicación de sangre coagulada.
Y sin embargo… El virus habita en nuestros deseos, la enfermedad paraliza las voluntades que pudieran modificar estos hábitos insanos que aportamos para perpetuar esta epidemia.
Y nos consolamos adquiriendo esa confianza de que durará 6
años más, que vendrán otros y arreglarán la barbarie. Como si tuviéramos unas
goteras que una chapuzas bien hechas nos
regresaran a la normalidad. A pesar de comprobar que la realidad nos demuestra
que no es así, que algo más grave palpita en el planeta.
Pero lo que más me aturde es cómo asumimos las
desapariciones como algo cotidiano y sin importancia.
Cada vez viajamos más en busca de la belleza. Cierto. Pero
no nos entristece evidenciar que destruimos lo que nos rodea, desolando los
paisajes y privándonos de aquello que en otros momento saboreábamos con naturalidad:
difícil despertar al arrullo de los pájaros,
vadear los ríos y saciar la sed con las manos abiertas, distinguir las
variedades silvestres, sus aromas y rubores, mirar el océano sin la silueta y
aristas de edificios ajados de abandono…
Saboreamos un mundo virtual, que nos encandila… pero estamos
educando los sentidos para no necesitarlos. Estamos amputando nuestros cuerpos
de sabores y fragancias, creyentes que la inocencia nos transporta. Y el crimen apenas tendrá culpables.
Y la pobreza… tan lejana, tan televisiva que formaba
escenario habitual de nuestra clemencia. ¿Qué ocurrirá cuando se acerque? Lenta, pero viene… Desgraciadamente, el mundo
no hizo caso a Benedetti. Y tenemos los modelos a los que nos acercamos… pero la
inercia nos empuja al mar de la indolencia.
Ramón Leal