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sábado, 7 de enero de 2017

Cada sombra busca sus espejos. Ramón Leal


Acaso… estés deshabitada
para acosar audaz, tan sierpe
en las afueras, bulevares
de espanto y vidrieras de ficción.

Existes despoblada, retraída
de sutileza e insolencia.
Para sitiar la vía del azul
se rasgan los epítetos del suelo.
Llevas la alacena adherida
de los días mustios, acunando
el tiempo ajado y malherido.

Y la noche nos regresa cada fábula,
cada herida surtida por el sol,
te perturba como pasmo de la niebla:
un daño del juicio de existir,
abrigada al azar de tu conciencia,
ciertamente sin olvidos, ni blasones,
ni lienzos que te oculten,
ni lazos frágiles que enojen
la humildad de tu tristeza.

En tu tacto ya el amor
ayer tembló con la distancia,
se pobló tu boca de pavesa gris:
y de acre luz, de la tarde cenicienta
tus ojos cristalinos se anegaron.

La madrugada nos apresa
poblada de los gestos que abrigamos.
Con la imagen nueva de tus sombras
que amplifica ya tus manos
de silencios disolutos, espectros
de ocasión, una senda de celajes
suprimida por el fuego,
efusión de labios en tu piel:
la luz, aliada y apremiante,
que rasga brumas extendidas
en el sustento de tu arrojo.

El desierto gravitando,
en tu dorso peregrino.
La recia osadía de palabras,
que asfaltan el viaje de tus ojos.
Tus pasos, una úlcera doliente
de los nortes vanidosos.

Declina esta cadena,
no cobijes un nido desacorde.
Detrás de cada vidrio
un sol espera, deposita
tenazmente su reflejo.
Detrás de cada puerta
la sombra solo pasos, rumores
que en la noche se precisan.

Cede inevitable al epílogo,
a firmar que otro ciclo,
otra ternura ha nacido,
en otro cuerpo sin contornos.

Sonaron ya campanas de querella.
Arrolló la multitud que te distancia.

No indagues la concordia
que evocaste en tus abismos:
cada sombra busca sus espejos,
y el azul desaparece
lejos, hermosamente ajeno.